ENTREVISTA. “Tenemos una deuda enorme con los negros”: León Valencia

Por PUNO ARDILA León Valencia nos regala este acto de amor en 298 páginas, una obra con un estilo particular, sin puntos, cargada de realismo nacional en esta declaración certera de amistad plena y de amor: por una mujer, por una familia, por una comunidad, por el trabajo, por el otro. Aunque el nombre de León Valencia está fuertemente asociado a su trabajo como analista político y columnista, es un autor que ha incursionado en la ficción, y con “La vida infausta del negro Apolinar” nos entrega una novela que, aunque tiene un trasfondo social y político, se centra en una historia profundamente humana. Un retrato de la Colombia oculta A diferencia de sus ensayos sobre la parapolítica o el conflicto armado, en esta novela Valencia se adentra en las heridas menos visibles de la sociedad colombiana, concretamente en el racismo y la exclusión. La historia de Apolinar Mosquera, un hombre que ha soportado una vida de dolor y embates, se narra a través de cartas que le escribe a un viejo amigo. A medida que Apolinar reconstruye sus recuerdos, desde su nacimiento en Buenaventura, el lector va descubriendo un destino marcado por los prejuicios y la marginalización. Un estilo crudo y conmovedor La crítica literaria ha señalado que el estilo de Valencia en esta novela es directo y sin adornos. No busca la redención ni finales felices, sino que se centra en narrar la tragedia con una sencillez que la hace aún más poderosa. No es un libro que esté hecho para complacer, sino para incomodar y para confrontarnos con una realidad que a menudo preferimos ignorar. Es una obra que nos obliga a mirar el racismo no como una idea abstracta, sino como un mecanismo concreto que se activa a diario. La novela de Valencia es un ejemplo de cómo la ficción puede servir para revisitar y resignificar luchas y realidades sociales. Es un libro que, aunque duro, es un poderoso ejercicio de memoria y un recordatorio de que estas historias son parte de lo que somos como sociedad. “La vida infausta del negro Apolinar”, de León Valencia, es un puñetazo al alma, sí, pero uno que se da con una ternura infinita. En sus páginas no encontramos la rabia vacía de una denuncia, sino el eco de una vida que ha sido, una y otra vez, golpeada por la injusticia del racismo y la exclusión. A través de las palabras de Apolinar, que se desangran en cartas a un amigo, somos testigos de una historia que es, al mismo tiempo, la de un hombre y la de toda una comunidad. Historia de amor y dignidad Valencia nos regala un personaje que, a pesar de la opresión, nunca deja de ser humano. Apolinar no es un símbolo, es carne y hueso. Amó, soñó, sufrió y se levantó. Su “vida infausta” no es un lamento, sino una digna y valiente memoria de lo que significa ser un hombre negro en Colombia. Es el amor a su gente, a su tierra, a su propia existencia, lo que le permite sobrevivir a los huracanes de la vida. Esta novela es un acto de amor profundo, de esos que no necesitan romanticismos, sino verdad. Es el amor por una historia que merecía ser contada, por una voz que necesitaba ser escuchada. A través de la pluma de Valencia, el dolor de Apolinar se transforma en una poderosa sinfonía de resistencia y de fe en la dignidad humana. Es un libro que duele, pero que también sana, porque nos enseña que, incluso en las vidas más duras, hay un amor inquebrantable que es capaz de mantenernos a flote. ¿Por qué el estilo tan particular, que solo usa comas, y un único punto al final de cada capítulo? El texto simula una conversación fluida, como si de verdad estuviéramos hablando. Las comas ponen el ritmo a la conversación con Apolinar, como elogio al ritmo de los negros, a su “tumbao”, que son los protagonistas de la novela. ¿Es un texto autobiográfico? Pues mira que, como dice el epígrafe de Orhan Pamuk en el libro, la ficción se trata de hablar de la vida de uno como si fuera la de los otros, y de la vida de los otros como si fuera la de uno. Sí, y a mí me dio mucha libertad para poder hablar de la vida de los negros y un poco, poquito, también de la vida mía. De acuerdo con el tema que trata en la obra, ¿usted considera que la fuerza sindical en Colombia tiene la misma contundencia desde sus orígenes? El sindicalismo colombiano no ha sido muy fuerte (y lo digo como analista, no como escritor); no fue muy potente nunca, pero sí ha habido jornadas heroicas que han marcado la vida del país; por ejemplo, el paro cívico en 1977, con un enorme impacto nacional, como resultado de la decepción que el pueblo tuvo con López, que había prometido reforma laboral y cambios muy grandes. Pero, en general, el sindicalismo no ha sido protagonista en la vida del país, aunque lo fue en ese momento y lo es ahora que Petro le dio un nuevo protagonismo, que a veces no es muy evidente, pero que realmente es una fuerza organizada en que se ha apoyado Petro para sus reformas y para presionar las reformas es las centrales sindicales. Ahora, esta novela fue escrita sin contar con eso, porque nació en la pandemia, estábamos todos encerrados. No había, pues, protagonismo, pero fue un momento para la memoria de uno, encerrado con la incertidumbre, y cuando hay incertidumbre como que la memoria reaparece y empieza a pasar la vida por los ojos; y en este momento grande de incertidumbre (¿qué va a ser de todos?; ¿qué va a ser de la humanidad?; ¿qué va a ser de nosotros?) empezaron a desfilar los recuerdos por mi memoria. Los recuerdos, tal como le vienen a uno, que muchas veces están alejados de la propia realidad que se vivió, al fin y al cabo, son recuerdos, y uno empieza entonces a recordar a sus amigos, así que esta es una novela para rendir homenaje a los amigos y a los amores, que es lo último que uno recuerda —creo yo— en los momentos de incertidumbre. Frente a tan evidente amor que expresa la novela por la raza negra, ¿qué opinión le merece el comentario del presidente, Gustavo Petro, referido a que «no tolera que un negro…»? Por supuesto, el comentario está descontextualizado. Petro se expresó mal, y eso es un papayazo. Lo que él quiso decir es que un negro, que es un discriminado, no me puede entonces discriminar a otros de su misma condición de discriminados; eso no me lo puede usted hacer aquí, en Colombia. Y, sí, admiro a los negros, una raza bellísima, y como unos son blancos y aquellos son mestizos y los otros son indios, pues estos son negros, y como ha habido una negación tan grande de los negros en Colombia, ahora muchos de los que critican a Petro son pura hipocresía. ¿Por qué? Porque han sido unos discriminadores; ni para referirse a ellos delante del país, porque ni con ‘costeño’, que se ha referido solo al Caribe, pero no ha existido ‘costeño’ para el Pacífico, que son en verdad baluarte negro. Esa negación existe cuando en Colombia no se usa la palabra santería, como sí se usa en Cuba, en Estados Unidos, en Brasil. Y los ritos son santeros; los ritos de los negros en el Pacífico son santeros, pero no se pueden mencionar, hay que comunicarse por señas y por ritos, sin llamarlos por su nombre. Tenemos una deuda enorme con los negros, cuyo aporte cultural es enorme. Aunque hoy ya podemos verlos en la Vicepresidencia, en ministerios, antes no podían ni entrar a la iglesia, ni en la fuerza pública, ni en la política, y su cultura debía permanecer subordinada y escondida. Ahora empieza a emerger. Yo espero que, con los años, con toda la irritación enorme que pueda causarse, porque todavía mucha gente se incomoda por la presencia negra, se reivindique su poder político y cultural. ¿Judith existe? No, no existe; en realidad, no existen todos esos personajes, ninguno; son proyectados, son ficción, pura ficción, porque yo quise hacer una novela de verdad, con todas las armas de la literatura, y con ficción. Sería yo muy feliz, y es una ilusión muy grande, si la gente sienta que esos personajes existieron y que esos hechos ocurrieron. Eso es incluso para los hechos más insólitos, porque la realidad tiene hechos muy insólitos. Sí, da la impresión de que fuera autobiográfica… Eso es un elogio. Sí, para mí es un elogio grande, porque, sí, es muy sentida, porque me involucré; me he involucrado mucho con esa raza negra, porque me he involucrado mucho también con su vida social. ¿Y qué pasó? Escribí sobre la huelga de los cañeros, y alguien me contó después que esa huelga sí existió. Yo no conocí ninguna huelga, y escribí detalles de pura memoria, y seguramente sí tenía muchos relatos de las huelgas, tal como han ocurrido en otro lado; pero esa huelga de los negros de la caña, pues, es una cosa de ficción, pero saber esta coincidencia me alegra mucho, me da mucha felicidad. Sin embargo, ¿hay menciones suyas de pasos de su vida y momentos anecdóticos que tienen que ver con su vida real? Sí, claro que sí. Hay una concesión que le hago a Apolinar. Como usted sabe, los personajes de ficción hablan por sí solos, y Apolinar me dice «oiga, pero me va a poner a mí a contar solo lo mío; cuente también algo de su vida», y es cuando yo digo «bueno, sí, tengo que contar algo de mi vida», así que le dedico una parte importante, un capítulo, a muchos recuerdos de la infancia y luego al paso por la guerrilla, por supuesto, que es un acontecimiento para uno muy, muy notable; digamos que el impacto sobre el corazón de uno es muy fuerte en la guerra, y, sí, conté esas cosas, cuya realidad depende de quien las cuente; como dijo García Márquez, la vida no es como uno la ha vivido, sino como la recuerda, y puede ser muy distinta como la recuerdan los demás. ¿Entonces lo de Guamal es cierto? Esa parte es cierta; esa sí es otra historia, la de mi papá, que se voló con una novia de Medellín, se le quedó en el camino, y terminó allá una cantidad de años, en Guamal, en El Banco y en esa zona. Después viene, se casa con mi mamá, y nunca quiso contarle la historia de haber tenido unos hijos en la costa. Cuando estaba muy viejo y enfermo, me dijo que me iba a contar una historia que nadie sabía, pero que no podía morirse sin contármela. Yo quedé con esa espina, y cuando me liberé de la casa, que fue temprano, me fui a buscar a buscar a los hermanos, y ya los encontré. Al hermano que queda, le envié la novela a ver si lo representa también a él, porque está cerca de cumplir noventa años, y es el único que queda de esta historia. @PunoArdila
ENTREVISTA. “Tenemos una deuda enorme con los negros”: León Valencia ENTREVISTA. “Tenemos una deuda enorme con los negros”: León Valencia Reviewed by De Corozo Radio Corozal on agosto 16, 2025 Rating: 5